Nueve años jugando
en serio
Pujllay cumple un nuevo año de construcción colectiva: un jardín que eligió el juego como filosofía, la diversidad como punto de partida y a las familias como co-arquitectas de cada logro.
El 30 de marzo no es solo una fecha en el calendario del jardín. Es un recordatorio anual de que apostar por una educación diferente —una que ponga al niño y la niña en el centro desde su forma más genuina de existir— es posible, necesario y transformador.
Hace nueve años, un grupo de educadoras, familias y miembros de la comunidad se sentaron juntos a imaginar qué clase de espacio querían para sus hijos e hijas. El resultado fue Pujllay: una palabra en quechua que significa juego, y que desde entonces nombra mucho más que un jardín infantil.
Lo que hace singular a Pujllay no es solo lo que ocurre dentro de sus aulas, sino cómo se construyó el marco que guía cada día. El currículo con sello Juego y Diversidad no fue diseñado en un escritorio ni copiado de un modelo importado: fue elaborado junto a las familias, en conversaciones honestas sobre qué tipo de infancia querían acompañar y qué valores debían sostener ese acompañamiento.
Ese origen colectivo explica algo importante: nueve años después, el currículo sigue vigente. No porque no haya cambiado el mundo —ha cambiado enormemente— sino porque sus bases están ancladas en algo que no caduca: la comprensión profunda de que cada niño y niña llega al jardín con una historia, una familia, una forma de ser en el mundo, y que esa singularidad no es un obstáculo a gestionar, sino el punto de partida del aprendizaje.
Es el corazón pedagógico de Pujllay: la convicción de que el juego libre y creativo es el lenguaje universal de la infancia, y que una educación de calidad no puede homogeneizar, sino reconocer, celebrar y potenciar la diversidad de cada pequeña persona que atraviesa sus puertas.
Uno de los conceptos que vertebran la propuesta educativa de Pujllay es la alteridad: la capacidad de reconocer al otro como un ser legítimo, diferente, valioso. Pero las educadoras del jardín saben que esa capacidad no se enseña con discursos —se cultiva desde adentro. Por eso, las prácticas de alteridad comienzan por algo tan fundamental como reconocerse a sí mismo como una persona legítima.
Los niños y niñas que pasan por Pujllay aprenden, jugando, a nombrarse, a decir lo que sienten, a respetar el turno del otro, a maravillarse con lo distinto. Esas no son habilidades menores: son los cimientos de una sociedad más justa y empática.
Elegir la palabra pujllay no fue un gesto decorativo. Fue una declaración de intenciones. Al nombrar el jardín con una palabra del quechua —lengua de pueblos que han habitado estas tierras por siglos— quienes inciaron esta propuesta decidieron que la memoria ancestral tendría un lugar en la educación de los más pequeños.
Pujllay no es un jardín intercultural en el sentido institucional del término, pero sí es un jardín que incorpora una mirada descolonizadora del aprendizaje: que reconoce que existe un saber anterior, profundo y valioso, que antecede a los currículos oficiales y que merece ser relevado. Que el juego, como concepto, tiene siglos de historia en nuestro continente. Que los niños que juegan hoy son, también, herederos de esas formas de conocer el mundo.
Para quienes han confiado a Pujllay el cuidado y la educación de sus hijos e hijas, este aniversario es también el propio. Son nueve años de participar de algo que los incluye de verdad: no como firmantes de autorizaciones o asistentes a reuniones informativas, sino como parte activa de una comunidad que decide junta cómo se educa, qué se valora y qué tipo de personas quiere que sus niños lleguen a ser.
Las familias de Pujllay saben —porque lo han vivido— que cuando un jardín respeta el juego, está respetando la infancia. Que cuando se habla de diversidad no como slogan sino como práctica cotidiana, los niños crecen con una capacidad diferente para habitar el mundo. Y que cuando una comunidad educativa construye en conjunto, los lazos que se forman trascienden el aula: se vuelven red, apoyo, comunidad real.
Niños y niñas que dejan nuestras aulas con un vocabulario emocional, capacidad de juego colaborativo, respeto por la diferencia y una relación genuina con el aprendizaje. Familias que encontraron en el jardín no solo un servicio, sino una comunidad. Educadoras que eligieron una pedagogía viva, revisada y sostenida colectivamente.
El mes de marzo en Pujllay es un tiempo de fiesta y de reflexión. De mirar hacia atrás con orgullo y hacia adelante con curiosidad. De celebrar lo construido sin perder la humildad de saber que una comunidad educativa siempre está en proceso, siempre aprendiendo.
Nueve años no son una llegada. Son una confirmación de que el camino elegido tiene sentido, que vale la pena seguir caminando juntos, y que el juego —libre, creativo, lleno de vida— seguirá siendo la brújula que oriente cada día en este jardín que se atrevió a tomarse en serio a los niños más pequeños.
¡Feliz aniversario, Pujllay! Que sigan los años, los juegos y la comunidad que los hace posibles.

.jpeg)
.jpeg)
.jpeg)

Comentarios
Publicar un comentario